Hay madrugadas que despierto
y debajo de mi cama
vive una pantera oscura,
de tamaño imposible.
La muesca salvaje,
los ojos ardientes.
Nunca me va a dejar en paz,
ronroneando como el motor en marcha
de todo lo malvado.
Lo contrario del amor
no es el odio,
es el vacío que dejas.
Los besos que nunca darás,
los paisajes sin alma,
las almas sin ventana.
La pantera se sienta en mi pecho
y ruge en mi cara,
relamiéndose los bigotes
tan cerca que puedo
oler lo que almorzó anoche.
Yo, que quería ser
arco irises y sonrisas anchas,
me quedé quieta,
esperando el asalto,
en silencio mortal,
sin poder dejar
de mirarla fijamente a los ojos.
Cinco, cuatro, tres, dos...