La noche interior

Escrito por Samantha Cabrera Díaz, bajo el pseudónimo de Atenea (1999). Disculpen pero está sin terminar, sólo hay cuatro partes.

Notas de la autora:

Este relato es un UberXena, así que ciertas señoras te recordarán muchísimo a nuestras queridas Xena y Gabrielle, personajes que pertenecen a MCA Universal/Studios USA y Renaissance Pictures, aunque la historia es completamente mía. No se persigue ánimo de lucro y el acceso a esta página es libre y gratuito, dado lo cual espero librarme de la demanda por infringir derechos de autor. No obstante, se ruega no reproducir en otros websites sin previo permiso expreso de  la autora y, en todo caso, siempre conservando intactos notas y avisos previos.

He estado en Madrid sólo unas cuantas veces y la última vez fue hace dos años, así que algunos detalles (especialmente geográficos) me resultan borrosos, si encuentras algo que no encaja, cuéntamelo, por favor.

AVISO: habrá algo de violencia y palabras mal sonantes, porque en la vida real nadie es perfecto (y tú no esperarías modales angelicales en un UberXena, ¿verdad?)… Pero nada realmente indecoroso (al fin y al cabo me eduqué en un instituto femenino, católico, apostólico y romano).

La que suscribe cree firmemente que la relación entre Xena y Gabrielle va más allá de la pura amistad. Si te sientes ofendido/a por la mera insinuación de la existencia de una relación amorosa (aunque sea sólo platónica) entre dos mujeres, mejor que te dediques a regar las plantas de tu casa o a leer un acta de la última conferencia episcopal, que siempre será interesante. Pero que conste que en la historia no hay nada sexualmente gráfico.

Cualquier comentario o crítica constructiva será bienvenida, pero tomaré la libertad de no contestar mensajes de contenido impertinente o maleducado.


Noviembre, 1986

Hace poco que ha amanecido. Papá está desayunando de puntillas, vestido de uniforme, impecable. La luz dorada del nuevo día se cuela por las cortinas. No hace mucho que me he despertado, una hora antes de lo normal. Tengo que terminar mis deberes, ecuaciones de tercer grado para la clase de matemáticas a segunda hora. La lámpara encendida de mi cuarto, los borrones a lápiz en el cuaderno y el siseo del viento invernal es lo único que existe a mi alrededor. Papá me hace un gesto de despedida desde el pasillo y en silencio me lanza un beso volado.

Recojo en el aire el beso imaginario y lo envío de vuelta con un soplo y una sonrisa. Él deja la casa a hurtadillas y cierra la puerta suavemente, para no despertar a Mamá, que aún duerme. Sólo son las seis y media. Madrid comienza a desperezarse.

Cinco minutos más tarde, una explosión descomunal rompe la quietud. La onda expansiva pulveriza en un segundo todas las ventanas, las sirenas de los coches aparcados en la vecindad gritan al unísono.

Yo no quiero mirar a la calle porque sé lo que ha ocurrido, hay cristales rotos desparramados por doquier, sobre mi cama, sobre la mesa, sobre mis manos que aún temblando tratan de escribir la última variante: equis es igual a trescientos veinticinco.


Enero, 2000

La misma pesadilla casi noche tras noche desde que tenía catorce años. Patricia se despertó sobresaltada, envuelta en sudor, ahogando un grito. En un instante recordó dónde estaba y los trazos familiares de la habitación la calmaron un tanto. Los dígitos fluorescentes del radio- despertador anunciaban las cuatro y veinte de la madrugada. Después de una década y media, los malos recuerdos seguían acechándola en las sombras.

Con sólo dos horas para tener que rendirse de facto a la rutina diaria, la joven trató de volverse a dormir.

«Dos días antes del día de Reyes y no puedo pegar ojo», pensó, «cualquiera pensaría que estoy un poco mayorcita para esperar regalos sorpresa».

Bostezó con cansancio ante la ironía y giró sobre sí misma, palmeando la almohada y obligándose a cerrar los ojos, con la esperanza de que Morfeo se la llevara a territorios más placenteros y tranquilos.

Después de media hora, Patricia se dio por vencida y decidio abordar el insomnio desde otra perspectiva. Se levantó de la cama y dirigió sus pies descalzos a la cocina. Al pasar junto al espejo del pasillo se sonrió ante la figura que el espejo le devolvía. Casi uno ochenta y cinco de altura, soñolientos ojos azules y una melena castaña que le llegaba a la altura del pecho, Patricia sabía que la lotería genética había sido generosa con ella.

Su madre solía quejarse hasta quedarse sin aliento de su innata habilidad para esconderse bajo atuendos nada estilizados, pero ella prefería vestir cómodamente a estar a la última. Y un pijama de manga larga con ovejitas estampadas nunca había matado a nadie, que se supiera.

Una vez en la cocina, inspeccionó los contenidos de la nevera, más por un efecto sedante que otra cosa. Al final se decidio por un Colacao caliente, unas galletas y un par de píldoras de Valeriana para acompañar.

Regresó al dormitorio con lo que quedaba del Colacao, encendio la radio y dejó reposar el vaso sobre la mesilla de noche, todo esto en la semipenumbra de una habitación donde la luz de la calle se filtraba a jirones. Patricia se acurrucó en la cama bajo el edredón nórdico y permitió que la locutora de noticias de Radio Cinco la informase de los eventos del día, mientras se abandonaba de nuevo al sueño.

«[…]La Policía prosigue la búsqueda del coche, un Ford Fiesta de color blanco, en el que presuntamente huyó el jefe del comando y que podría estar cargado con veinte kilos de dinamita que iban a utilizar en el atentado contra la Guardia Civil.

«Los arrestados en esta operación podrían pasar a disposición judicial el próximo viernes. Según fuentes jurídicas, sólo Merino tiene causas pendientes en la Audiencia Nacional, en relación con varios atentados con explosivos cometidos por el «comando Mara» de ETA.

«Los etarras detenidos tenían en la vivienda de la calle de Prim 40 kilos de dinamita procedentes de los 8.000 kilos que la banda robó en Plevin (Francia) en septiembre del pasado año, así como abundante armamento y material.

«En otro orden de cosas, el funeral de Doña María de las Mercedes[…]»

«¡Hijos de puta!», se oyó sisear en voz alta. Patricia se incorporó totalmente despejada, apagó la radio con furia y supo que la mañana había comenzado.

Recuerdos de un funeral y un ataúd envuelto en la bandera le vinieron a la mente. Salvas de honor para los muertos, el olvido voluntario para los vivos. El desgarro de una muerte injusta y la herida abierta expuesta en público. De qué sirven las banderas cuando un padre muere antes de tiempo.


«¡Buenos días, Patricia!», Alberto saludó jovialmente al pasar enfrente de su oficina, «¿me puedes decir cómo haces para ser la última en marcharte y la primera en llegar cada mañana?».

Patricia apartó la cabeza de la pantalla del ordenador y observó divertida a su compañero de despacho, un joven que había estudiado con ella en la Facultad y que era conocido por su buen humor y tener la novia más celosa del mundo.

«Es un secreto», contestó cruzando los brazos y reclinándose en la silla, «pero te lo diré en cuanto sepa cómo te las apañas para ser el último en llegar y el primero en irte cada tarde, guapísimo».

«¡Touché!», Alberto se rindio y siguió caminando hacia su oficina, dos puertas más allá.

La firma de abogados para la que ambos trabajaban ocupaba un piso completo en un edificio de oficinas en la céntrica calle de Alcalá, estaba compuesta por al menos una quincena de abogados y se encargaba principalmente de asuntos de empresa: derecho administrativo, mercantil, fiscal e incluso un poco de laboral.

Como Contreras, el jefe del despacho, solía decir, «el derecho penal proporciona notoriedad pero pocos dividendos».

La especialidad de Patricia era el derecho administrativo. Se movía como pez en el agua entre decretos y actos administrativos, plazos y disposiciones autonómicas. El estado es una máquina burocrática llena de trampas y el administrado interactúa en mil maneras con la Administración desde el día en que nace hasta que muere.

Como el gran hermano de la novela «1984» de Orwell, la administración podía asustarte con su enorme poder y su don de la ubicuidad, pero Patricia sabía exactamente qué teclas pulsar. Era curioso recordar sus tiempos en la Facultad, cuando su interés se volcaba en Internacional y Penal. Parecía haber pasado una eternidad, pero sólo habían sido unos años.

Cuando terminó la carrera, no sabía muy bien qué hacer. A la tierna edad de 23 años y había cumplido todos sus objetivos vitales… Ciertamente, no le quedaba más remedio que empezar de pasante en algún despacho y Contreras, que había sido amigo de su padre, le ofreció un acuerdo más que razonable, teniendo en cuenta que la mayoría de los pasantes aspiraban como mucho a servir de camareros por poco o ningún dinero. La regulación del Consejo de abogados había cambiado y ahora, en vez del año que a ella le tocó en suerte, los nuevos licenciados debían sufrir la pasantía durante dos años, no importaron nada las huelgas ni las protestas estudiantiles. Se consideraba afortunada por haberse librado, al diablo con las homologaciones europeas.

Cuando concluyó su tiempo de pasante, Contreras le pidio que continuase con la firma, en mejores términos pero con mayor responsabilidad. Hasta la fecha, nadie había tenido quejas de su profesionalismo, más bien al contrario. Contreras, sin embargo, siendo viejo amigo de la familia de Patricia, se preocupaba de que la joven no pareciera tener vida privada, siempre trabajando como si estuviese encadenada a la mesa del despacho. Sabía que después del atentado que mató a su padre, Patricia se había encerrado en sí misma y no había sido capaz de mantener una relación sentimental con nadie. Contreras había secretamente acariciado la idea de que su hijo Alberto podría ser lo que Patricia necesitaba, pero nada había ocurrido más allá de la pura amistad.

Las luces fluorescentes del despacho estaban encendidas, al igual que el ordenador. La enorme ventana que se alzaba imponente a sus espaldas era suficiente para iluminar toda la habitación sin tacañería, pero Patricia adoraba la luz. Alberto, de broma, entraba a veces con unas gafas de sol puestas para tomarle el pelo. Las paredes estaban pintadas de un blanco cremoso y algunos cuadros colgaban de las paredes, pero la mayoría estaban cubiertas de estantes interminables, albergando tomos y tomos de libros de consulta y otros volúmenes legales. El único toque personal era una pequeña canasta de baloncesto, de esas de juguete, detrás de la puerta y una foto familiar, reposando sobre la mesa a mano derecha. Una adolescente alta, morena y de ojos azules, de la mano de un hombre vestido con el uniforme del ejército del aire y otra mujer, que parecía ser el tercer miembro del clan. Aquellos eran sin duda otros tiempos, tiempos que, como dice la canción, ya no volverían jamás.

Una sirena se alejó gimiendo entre el tráfico matutino y la joven abogada dejó el reino de la memoria para regresar al presente, siendo el presente un recurso que tenía que estar listo en cinco días.

Alguien tocó con los nudillos en la puerta y una muchacha que no parecía tener ni un día más de los dieciséis años entró en la oficina, empujando una bandeja de correo.

«¡Hola, Patri!», saludó calurosamente, «¿cómo estás hoy, corazón?».

El acento canario de Yaiza siempre hacía sonreír a Patricia, todas las eses aspiradas y la ausencia del sonido zeta, además del cariño que ponía en cada sílaba. «Yaisa, la de la vos dulsona», le llamaban en la oficina.

«Muy bien Yaiza, gracias, buenos días a ti también…¿Cómo te trata la malvada bruja del Oeste?», preguntó Patricia, refiriéndose a Clara Pérez, otra abogada del despacho con la que Yaiza estaba trabajando durante su pasantía.

«Uy, con sí, con sá… Gracias a Dios todavía hoy no ha sacado el látigo… Me toca repartir el correo, mira, aquí te dejo tus cartas de amor». Yaiza titubeó un tanto pero siguió preguntando. «Mañana no se abre la oficina, Lucía y yo nos vamos de compras a Sol y a lo mejor una peli… pero supongo que te vendrás a trabajar de todas maneras, ¿verdad?».

«Esteeeee… Es que tengo que terminar el recurso de marras para el próximo martes, que si no me iba de cabeza, ya lo sabes».

Yaiza suspiró y empujó la bandeja del correo para seguir su camino, dejando caer unas palabras de despedida a la salida.

«Bueno, Patri, aunque probablemente mañana cinco de Enero el Corte Inglés va a ser territorio militarizado, que conste que me hubiese encantado que vinieses… Además, sé a ciencia cierta que Lucy está enamoradísima de ti», Yaiza le guiñó un ojo. «¡Anda, no trabajes demasiado y recuerda que el día de Reyes vamos al chino con el equipo!».

Patricia vio a la joven canaria alejarse, sabiendo que sus dotes de celestina la iban a meter en líos un día de estos. Yaiza y Patricia conectaron enseguida desde el primer día en que se conocieron, no importaba demasiado la diferencia de caracteres. Ambas coincidieron en el mismo vagón de metro un año atrás y la dicharachera canaria empezó a hablar con la abogada primero del tiempo y luego de sus estudios de derecho, cuando vio que Patricia llevaba algunos libros familiares en su regazo. Cuando Yaiza llegó a su parada, eran amigas de toda la vida, como a veces ocurre. Yaiza estaba en su último año de Derecho y vivía con unos compañeros de facultad en un piso cerca de la Universidad. Pequeña y pelirroja, aparentaba diez años más joven de lo que era. Patricia sentía que Yaiza era la hermana pequeña que nunca tuvo y cuando ésta estaba buscando un lugar donde hacer la pasantía, consiguió convencer a Contreras para que le hiciese un hueco.

La joven pelirroja introdujo a Patricia a sus amigas del equipo de baloncesto, que se reunían tres veces en semana para entrenar.

«Con esa altura, tienes que jugar de pivot, vamos a ganar todos los partidos, ya verás», le dijo.

También intentó emparejarla con un largo desfile de pretendientes masculinos, hasta que, un día en la plaza Mayor y en medio de la última doble cita a ciegas, Patricia se llevó a Yaiza aparte para explicarle un pequeño detalle.

«Yaiza, cielo, de verdad que agradezco las molestias que te tomas, pero ya no sé cómo decírtelo… Esperaba que te dieses cuenta tú sola… En fin, no es que me esconda ni nada de eso… ¡Dios sabe que tengo pegatinas con arco iris en el coche y toda la parafernalia! Pero tampoco quería asustarte», Patricia le dijo, muy interesada repentinamente en sus zapatos.

«Patri, ¿qué te pasa? ¿Qué es lo que no sabes cómo decirme? Te prometo por la Virgen del Pino que Juanma me dijo que el tal Diego era un tío enrollado, quién iba a pensar que era más aburrido que un plomo…Pero no es eso, me parece que…», Yaiza titubeó.

«Yaiza, ¿te acuerdas de la película que vimos anoche en la tele, El perro del Hortelano?».

Yaiza asintió.

«¿Te acuerdas que dijiste que Carmelo Gómez era tu tipo ideal?», la canaria pelirroja siguió asintiendo, sin saber muy bien a dónde quería su amiga ir a parar, «¿qué dirías si mi tipo ideal fuese Emma Suárez?».

«¡Joder!», Yaiza exclamó sorprendida, con la mandíbula en el piso, «¡joder!». Repitió, dándose ahora cuenta de las verdaderas implicaciones de la confesión de su amiga, «¡qué pasada!».

Patricia dejó que su amiga se recuperase de la sorpresa.

«¡Tía, menos mal!», Yaiza sonrió.

«¿Menos mal qué?», Patricia frunció el entrecejo sin saber qué pensar.

«Chacha, cómo no me habré dado cuenta antes, es que estoy en Babia,» Yaiza continuó, «pero ahora me explico, había empezado a dudar de mis habilidades como celestina… ¡Te estaba buscando pareja en el equipo equivocado!», la joven soltó una carcajada que se pudo oír en toda la plaza, «ahora que estoy mejor informada, sin embargo, de esta no te escapas» y una sonrisa diabólica después…»¿Te he hablado alguna vez de mi compañera de piso Lucía…?», preguntó Yaiza, tomándola del brazo para volver a la mesa en la que Juanma, el novio de Yaiza, y Diego, el pretendiente sin esperanza número tropecientos, les esperaban pacientemente.

No había demasiado movimiento en la calle, casi engullida por la oscuridad nocturna. Casi todas las farolas habían sido destruidas a pedradas por los gamberros del vecindario, que no era considerado precisamente el más seguro de la ciudad.

Un gato saltó maullando despavorido, cruzándose en el paso de una joven de piel oscura que corría como si se la llevase el diablo. La mujer apenas podía tenerse en pie, pero el miedo, que se dibujaba en sus facciones, la empujaba a sacar fuerzas de la nada, mirando hacia atrás sobre su hombro izquierdo a cada paso. Uno de los tacones de sus zapatos se había perdido en el camino y ella cojeaba visiblemente. Hacía frío, la noche anterior había helado y también la nieve había caído sobre Madrid. La muchacha, sin embargo, no vestía más que una minifalda y una blusa de gasa.

Un coche dobló la esquina, barriendo con sus luces la acera desierta. La mujer tuvo el tiempo justo de esconderse en un portal cercano. Con el corazón en la boca y de espaldas a la pared, la joven mestiza temblaba, ya no sabía si de frío o de temor.

El coche, un Mercedes 190 azul marino, pasó de largo, en lo que a ella le pareció una eternidad.

Diez minutos más tarde, el persistente ruido de un teléfono en uno de los otros despachos sacó a Patricia de su concentración. Levantó la vista de los papeles que tenía sobre su escritorio y se preguntó quién podría estar llamando a las nueve de la noche la víspera del día de Reyes. Primero pensó en dejarlo sonar. «Tengo que terminar el dichoso recurso… «. Pero la persona al otro lado de la línea no se rendía fácilmente. «No contestes, ni siquiera es tu teléfono, es el del despacho de Alberto… «.

Dándose por vencida, Patricia se levantó y dirigió sus pasos hasta el ruidoso teléfono. Las únicas luces encendidas en toda la planta eran las del pasillo principal y las de su propio despacho. A esa hora y sin gente, las oficinas tenían un aire casi fantasmagórico. Al entrar al despacho de Alberto, tuvo que pararse a encender las luces, que volvieron a la vida con un relampagueo fluorescente.

Alzó el auricular y contestó con voz suave pero firme.

– ¿Diga?- .

Oyó un ruido metálico de monedas y supo que la llamada provenía de una cabina.

– ¿Alberto?- una voz de mujer preguntó- ¿Está Alberto? – quien quiera que fuese tenía un distintivo acento latinoamericano, probablemente Cuba…

– Alberto no se encuentra aquí ahora mismo, vuelve el próximo lunes, dentro de cinco días. ¿Quiere dejar un…?- .

– ¡Necesito encontrarle, es urgente!- la joven del teléfono interrumpió, terminando por suplicar – ¡por favor!- .

Patricia echó un vistazo a su reloj de pulsera. Las nueve y media. En cierto restaurante chino un equipo de baloncesto cenaba sin ella y en el otro cuarto una montaña de papeleo requería su atención.

– ¿Quién le llama? – preguntó, con un bolígrafo listo para apuntar el mensaje.

– Susana, me llamo Susana. Conozco a Alberto de Alerta Norte… Me dijo que me pusiese en contacto si tenía problemas. Y estoy metida en uno bueno, comadre… Por favor, que ya no me queda cambio…Estoy en la esquina de Portugal con Victoria, dígale que me venga a recoger, ellos me están buscando y si me encuentran… – la línea se cortó y el teléfono ya no daba señal – .

– ¿Susana? ¿Susana?- .

«Estupendo», pensó Patricia, sentándose en la silla giratoria de su compañero, marcó el número de Alberto. Nadie contestaba. Probó con el móvil, una voz femenina le informó que ese usuario estaba o bien desconectado o bien fuera de cobertura.

«¡Genial!», pensó, «Alberto está desaparecido en combate y yo con el marrón…En fin, yo he hecho lo que he podido…».

Pero había una desesperación real, casi tangible, en la voz de la mujer que había telefoneado. Patricia decidio intentarlo de nuevo. Alerta Norte… Alerta Norte era una asociación de abogados que se dedicaba a ayudar a inmigrantes, especialmente los ilegales con los que Madrid estaba repleto. Alberto le había contado que trabajaba de voluntario algunas horas a la semana. Él había querido reclutarla para la causa, pero a ella casi no le quedaba tiempo ni para respirar, mucho menos para trabajo voluntario.

Alberto, sin embargo, se sentía como pez en el agua jugando a ser un caballero de reluciente armadura, especialmente si se trataba de rescatar damiselas en peligro.

Rebuscando entre la agenda de teléfonos de Alberto, por fin halló el número de Alerta Norte.

– Alerta Norte, buenas noches- una mujer descolgó el teléfono, Patricia se sorprendio un poco, pues no había esperado que hubiese nadie en la asociación tal día como aquel.

– Hum… Hola, me llamo Patricia, soy compañera de despacho de Alberto, necesito localizarlo… ¿Alberto Contreras?- .

– Sí, claro que conozco a Alberto, pensaba que se había ido a esquiar a Sierra Nevada – .

– Ay, es verdad, me lo comentó y se me había pasado…- Patricia dijo en voz alta pero casi para sí misma- Mira, estoy en el despacho y una tal Susana ha llamado, preguntando por Alberto para que le fuese a recoger…Esta chica parecía estar metida en un lío muy gordo… y te digo esto porque no puedo encontrar a Alberto. ¿Irías a buscarla si te diese la dirección? Parecía realmente desesperada – .

– Patricia, me has dicho que te llamas, ¿tienes coche, Patricia?- preguntó su interlocutora.

Al rato, Patricia se encontró a sí misma al volante de su Volkswagen Golf negro, con un par de direcciones garabateadas en un trozo de papel. Todavía no se explicaba muy bien cómo se había dejado convencer, «en el fondo soy una blandengue». Al llegar a la esquina de Portugal con Victoria, aparcó el coche y apagó el motor. La calle estaba desierta y su sexto sentido le habló de un peligro inminente. Patricia salió del Volkswagen y cerró la puerta, sin alejarse del vehículo. No se veía un alma. A punto estaba de abandonar el lugar cuando una mulata, de pelo rizado y vestida demasiado primaveral para el invierno capitalino, vino corriendo a su encuentro.

– ¿Susana?- preguntó la abogada – .

– ¿Dónde está Alberto?- la sudamericana entró en el coche por el lado del pasajero y tomó asiento – ¡Vamos, deprisa!- .

Patricia entró de nuevo en el vehículo, puso las llaves en el contacto pero se giró a la derecha para hablar cara a cara con su nueva pasajera, cuyo labio superior parecía roto y su ojo izquierdo demasiado morado para ser otra cosa que el producto de un puñetazo.

– Alberto no ha podido venir, está fuera de Madrid por un par de días, pero me han dicho que te lleve a Alerta Norte, que te encontrarán un sitio donde quedarte… ¡Hey! – se quejó la abogada, cuando Susana le agarró por los hombros y la obligó a esconder la cabeza a la altura de la palanca de cambios.

– ¡Shhhh!- dijo en un susurro la otra mujer- ¡Han vuelto!

Cuando el Mercedes 190 había pasado de largo, Patricia y su acompañante se incorporaron. El motor se encendio al mismo tiempo que la radio y el Volkswagen inició su marcha por las calles de Madrid. Sheryl Crow cantaba «Anything but down»…

– De acuerdo, que sólo estoy actuando de taxista, pero ¿podrías tener el detalle de explicarme de qué va todo esto? – preguntó la joven abogada, mirando a la sudamericana de reojo mientras seguía atenta al tráfico.

Para cuando casi habían llegado a la sede de Alerta Norte, Susana le había confiado sus secretos, secretos de cómo se sobrevive en el Madrid de los invisibles, de los ilegales, de los que consiguen sólo trabajos de broma por un sueldo mísero y no cotizan a organismo oficial alguno, de los duermen en una habitación sencilla con mujer y tres niños, de los desesperados de quienes los tiburones se aprovechan. La joven había llegado a España con hambre de futuro del brazo de un viejo decrépito que podía ser su abuelo, quien le había prometido casarse con ella, con tal mala fortuna que el viejo había olvidado mencionar su anterior matrimonio, aún en vigor, y su esposa, en excelente estado físico y mental. Luego vino el sobrevivir, limpiando casas ajenas por tres cuartos y durmiendo de pensión. Intentó encontrar un trabajo mejor, con su título universitario en literatura contemporánea bajo el brazo, pero nadie le iba a contratar sin permiso de residencia… Y el permiso de residencia no se lo concedían porque no tenía trabajo. Cuando le quedaban unos días para que su visado expirase, conoció a Sacha, compatriota y natural de La Habana, la tierra añorada, el malecón que todavía le hablaba en sueños. ¿El oficio de Sacha? El más antiguo del mundo…

La joven cubana temblaba visiblemente. En un semáforo, Patricia rebuscó con su mano derecha en el asiento de atrás y le ofreció su chaqueta de cuero. Refugiándose en la chaqueta prestada, la pasajera rompió a llorar de a poquito, como cuando se llora en silencio, pero siguió contando su historia.

A golpe de bragueta Susana conoció el mundo sórdido que no te enseñan en las postales de la Puerta de Alcalá. No hacía mucho había empezado a esnifar cocaína con los clientes, polvos mágicos que hacen olvidar cuán profunda es la mierda que te llega a las rodillas. Dos semanas atrás descubrió que estaba embarazada, el dueño del garito en el que trabajaba le facilitó una cita con un médico, una clínica limpia y discreta, un problema resuelto. Cuando trató de salirse del burdel, dos matones le dieron la paliza de su vida. Ni siquiera pudo recuperar su pasaporte, que el jefe guardaba dios sabía dónde con los de las otras chicas. Esa noche se había escapado por los pelos, Alberto era su único contacto, una de las chicas del local se lo había dado. Una amiga de una amiga había acudido a la organización y había conseguido arreglar sus papeles y un trabajo digno.

Susana no sabía qué era lo que le inspiraba tanta confianza en la morena de ojos azules para querer hacerla partícipe de su odisea… Irracional como era el pensamiento, pues no conocía a su conductora previamente, se sentía a salvo, protegida. Tal era el aura que imanaba Patricia, mientras le alcanzaba unos Kleenex de la guantera. Tenía ojos tan sinceros como feroces. Extraña combinación.

La sede de Alerta Norte estaba en una enorme casona de la zona de Chueca, no muy lejos de donde Patricia habría disfrutado de la cena con sus amigas del equipo de baloncesto de haber tenido tiempo. Aparcó fácilmente junto a pequeño parque, donde un pequeño gentío socializaba bulliciosamente de camino a los locales de los alrededores. Susana salió del coche y la siguió de cerca, unos pasos más atrás, mirando con temor a todos lados.

El timbre sonó dos veces y la puerta se abrió de par en par en unos segundos. Una veinteañera de pelo cortísimo y vestida casualmente con vaqueros gastados y camiseta les indicó con la mano que pasaran.

– Hola, me llamo Mónica y vosotras debéis ser Susana y Patricia… – Saludando con sendos besos en la mejilla, Mónica les guiñó un ojo y ofreció café recién hecho.

Las dos recién llegadas asintieron con la cabeza, Patricia estaba pensando en alguna excusa que le permitiese abandonar el lugar sin hacer mucho ruido, con un rápido vistazo a su reloj, alzó de nuevo la cabeza. Rebuscó en su bolso y sacó una tarjeta de visita para dejársela a Susana.

– Si te apetece hablar o te puedo ayudar en algo, no dudes en llamarme. Bueno, me encantaría quedarme pero son casi las…- Patricia cesó toda actividad cuando otra joven de veintitantos años, pequeña de estatura, cortos cabellos rubios e inmensos ojos verdes, entró en la recepción donde estaban, portando un par de tazas de café para las visitas.

Patricia no sabía ni su nombre ni su horóscopo ni su color favorito y no es que importase demasiado. Nunca había creído en el amor a primera vista hasta ese instante. Mariposas en el estómago le recordaron que no había tomado nada en todo el día a parte del desayuno. A lo mejor no era sólo hambre después de todo. ¿Qué diablos me pasa? Espabila, tonta… Pero yo he visto esos ojos antes…

– Tú debes ser la compañera de Alberto- se acercó la rubia, sonriendo y dándole un beso en la mejilla- Y tú eres Susana, ¿verdad?- la aludida asintió con la cabeza e intercambió besos también – Yo me llamo Marta, encantada de conoceros – .

– ¿Cómo… ?- balbuceó la morena, sin encontrar las palabras adecuadas.

– ¿Que cómo he sabido quién era quién? Muy fácil, por un sencillo proceso de eliminación la abogada debe ser la que no deja de mirar el reloj…- Marta sonrió y se quedó prendada de ojos azul hielo – .

«Azul cielo, como abrir las ventanas un día de verano junto al mar».

– Bueno, Susana – intercedio Mónica- tengo algunas ropas más abrigadas si quieres cambiarte en la habitación de atrás, esta noche te puedes quedar en uno de nuestros refugios, tenemos un piso a sólo un par de minutos de aquí, ya te buscaremos otra cosa más permanente cuando decidas qué quieres hacer. Ven por aquí – .

Susana se dejó guiar y ambas mujeres desaparecieron en el otro lado de la casa. Marta, quedándose a solas con Patricia, le indicó con una mano que tomase asiento y ella se sentó a su lado, en un pequeño sofá gastado que era parte principal de la sala de espera.

Un incómodo silencio y unos cuantos sorbos de café después, la rubia rompió el hielo.

– ¿Susana te ha contado algo?- dijo.

– La versión reducida, pero sí, a grandes rasgos.

– Por desgracia, los casos como el suyo abundan. Alberto habló por teléfono con ella la semana pasada, otra de las chicas que hemos ayudado le había dado su número – Marta hizo una pausa para tomar otro sorbo de su café- Dijiste que eras compañera de despacho de Alberto, me extraña que nunca te haya intentado enrolar para la causa.

– Lo ha intentado – Patricia admitió un tanto avergonzada- pero últimamente no tengo tiempo de nada…- se justificó – .

– Es una pena, siempre estamos a la caza de nuevos voluntarios. ¿Cuál es tu especialidad?- preguntó, clavando sus ojos verdes en Patricia, que se terminó de un trago lo que le quedaba del café.

– Administrativo…Ya, ya lo sé, muy aburrido – sonrió- ¿Y tú?

– ¿Mi especialidad? Lo que toque, supongo. Tengo un pequeño despacho con una compañera de facultad, nada grandioso, como lo tuyo, que ya sé que la firma del padre de Alberto es de postín.

– No, no creas… – Patricia sostuvo la taza vacía en sus manos, sin saber qué más decir.

– En fin…¡Mira la hora que es! Me tengo que ir, mañana tengo que madrugar para terminar un recurso…

– Pero mañana es día de Reyes…- puntualizó Marta.

– La verdad es que la fecha no me dice nada, cuando era pequeña sí, pero ahora es un día más, excepto por los niños del vecindario que estrenan bicicletas.

– Pues nada, no te entretengo más, te acompaño a la puerta – Marta siguió a Patricia por el pasillo y abrió la puerta.

Cuando Patricia se hubo sentado al volante de su coche, se cubrió la cara con las manos y empezó a lamentarse en voz alta.

– ¿Por qué? ¿Por qué, Dios mío? Para una vez que conozco a alguien interesante y no se me ocurre nada de qué hablar. ¡Derecho administrativo! Y además se va a pensar que soy una pija como Alberto.

– No es cierto – Marta le dijo con voz dulce, apareciendo de repente junto a la ventanilla del conductor, mientras Patricia daba un respingo en el asiento- Te has dejado el bolso – señaló, casi pidiendo disculpas por interrumpir el monólogo.

«¡Genial! ¿Qué más puede salir mal? Si querías impresionarla, lo has conseguido.»

Patricia miró a la pequeña rubia con aire de niña traviesa a la que acaban de pillar con las manos en la masa. Salir pitando del sitio era una opción casi honorable en ese momento.

– Gracias- dijo Patricia, cabizbaja- No hubiese podido encender el motor sin las llaves – sonrió con humildad – ¡Vaya desastre estoy hecha, un día me voy a dejar la cabeza en algún sitio!- .

Marta le entregó el bolso a través de la ventanilla y esperó a que Patricia pusiese en marcha el coche. Cuando vio el vehículo alejarse, devolvio el gesto de despedida con la mano y entró de nuevo en el local de Alerta Norte.

Mónica le esperaba en la puerta, junto a Susana, que vestía ahora de acuerdo la temperatura real de la calle.

– Voy a llevar a Susana al piso refugio, no tardaré mucho. De todas formas, vete recogiendo tus cosas para irte a casa, que Roberto dijo se iba a quedar a hacer guardia esta noche mientras estudia para sus parciales y ya debe estar al caer – .

Marta estaba en la luna de Valencia. Mónica arqueó una ceja y bromeó, antes de cerrar la puerta tras de sí.

– ¡Ay, ay, Martita, eso debe ser amor!- .

«¿Amor? ¿Así por las buenas? Si ni siquiera me ha dirigido la palabra por más de cinco minutos… Pero tiene los ojos azules más tristes y hermosos que he visto jamás. ¡Aghh, no tengo arreglo!»

Víspera de Reyes en Madrid, nada es lo que era.


La fiebre no le dejaba pensar…»Sé que tengo que comer algo» – pensó – «…pero mi garganta parece haber encogido dos tallas y no me baja nada». Sopas calientes, sudores fríos. La gripe la había dejado fuera de combate.

Se quedó frita con la tele encendida. Como regla general, cada vez que Marta se había dormido con dolor de cabeza, las pesadillas hacían su aparición. Ratas gigantes, su antiguo profesor de Filosofía del Derecho…Lo normal. Pero esta vez el sueño era incalificable. Debía haber estado escuchando uno de estos programas tipo “cuénteme su vida, cuanto más triste y propia de culebrón, mejor”, porque tuvo el más extraño de los sueños.

Una sintonía pegadiza acompañaba a los títulos de crédito, la cámara recorriendo una audiencia que aplaudía desaforadamente a la presentadora, rubia ella, cabello rizado y rímel indestructible, ya se sabe, por si se llora que siempre queda bien patético en cámara y sube los índices de audiencia.

De repente, los aplausos murieron y la cámara enfocó un primer plano de la rubia. Vestida como un anuncio de Mark & Spencer para aficionados a la salsa, da la bienvenida con acento cubano al público «aquí y en casa», como si las casas de los telespectadores fueran suyas en parte, aunque sólo fuera por un rato. El tema de hoy: «¿mejores amigas, más que amigas?». La audiencia en el estudio empieza a aplaudir de nuevo con brevedad, obedeciendo con rigor las instrucciones del productor que enciende y apaga el cartel de «aplausos».

La sintonía suena de nuevo y la rubia, que por alguna razón se llama Agripina, introduce a la primera invitada del programa, una señora muy alta, morena con cabello largo y ojos azul cielo, vestida de cuero y con pinta de no andarse con chiquitas. Lleva una espada a la espalda y un extraño círculo en la cintura, demasiado pequeño para ser un «hulahoop», demasiado grande para ser un pendiente. Según la rubia, que si a Patricia le preguntabas se parecía un montón a la madre de su vecina Paca, la invitada viene directamente de Grecia para la filmación del programa y su nombre es Xena, pronunciado «psina». Una minúscula ronda de aplausos y la tal Agripina inicia la entrevista.

«Y dime, Xena, ¿a qué te dedicas?».

«Bueeeno, un poco de esto, un poco de aquello, ya se sabe, aquí me liquido un par de malvados, allá me voy de excursión a China para quitarnos de en medio un emperador…»- Xena suspira – . «Lo corriente cuando una está en busca de redención después de haberse pasado de canalla y habiendo opositado para ‘destructora de naciones’. Casi siempre me acompaña mi mejor amiga y luz de mi vida, Gabrielle».

«A ver» – dice la rubia, consultando sus notas – «Me dicen mis productores que tu amiga Gabrielle tiene 21 años» – un murmullo recorre la audiencia – «¿qué edad tenía cuando dejó a su familia para ir a la aventura contigo, por esos mundos de dioses?».

Xena se revuelve incómoda en la silla, que de todas maneras le queda grande.

«Esteeee…17» – la audiencia contiene un suspiro colectivo – «¡Pero era muy madura para su edad!» – puntualiza Xena, mientras el público del estudio cuchichea asombrado – «¡Ahora tiene casi veintidós…!» .

La rubia alza el micrófono de mano ante su cara y deja pasar unos segundos para dar mayor efecto a lo que va a decir.

«Y cuéntanos, Xena, ¿cómo se tomó la familia de Gabrielle que se fuera de casa?».

«Creo que ya se han hecho a la idea…».

«Pero no estaban muy contentos con que su pequeña Gabrielle se marchara de casa antes de ser mayor de edad rumbo a lo desconocido, con una guerrera de mala reputación sin oficio ni beneficio, siempre en peligro, durmiendo al raso, sin seguridad económica de ninguna índole…».

La rubia está de espaldas a Xena y parece gustarle su pose de fiscal general, porque quiere continuar con la andanada, pero Xena la interrumpe con poca cortesía y perdiendo un poco los estribos.

«¡Oiga, doña, que no es para tanto!»- dice Xena, acercándose a la presentadora con cara de pocos amigos, como un halcón rondando a su presa. Xena sonríe y a Agripina no le hace ninguna gracia, los ojos azules inyectados en sangre. La rubia traga saliva y se siente plato del día, así que da paso a la publicidad y calcula la distancia entre donde ella está de pie y la salida más cercana, por si acaso la guerrera no se calma un poco con los anuncios.

A la vuelta de la pausa comercial, la sintonía suena de nuevo y sentada junto a Xena está Gabrielle, vestida a la guisa de la tercera temporada, con la blusita verde que cada día encoge más. La presentadora todavía da señales de estar vivita y coleando, así que no ha llegado la sangre al río, aún no, al menos. Xena parece que echa humo por la boca, Gabrielle la observa preocupada y la toma de la mano. La guerrera parece apaciguarse al contacto con el bardo. La rubia carraspea, tratando de no mirarle a los ojos.

Uno de los productores del programa, con los auriculares en la cabeza, se hace paso entre los cientos de cables que pueblan el suelo y empieza a contar en voz alta y con los dedos del cinco al uno.

– Buenas tardes de nuevo- dice la rubia Agripina, dirigiéndose a la audiencia que le sigue a través de la cámara con el piloto rojo encendido – Volvemos al set del Estudio 13 de Televista para continuar nuestra charla con Xena y su mejor amiga, Gabrielle. A diferencia de Xena, Gabrielle ha estado casada, pero ahora es viuda.

La entrevistadora se arma de valor y sube el par de peldaños que la separan de las tablas centrales del estudio, donde están sentadas las dos mujeres.

– Gabrielle, toda la audiencia, aquí y en casa, se pregunta qué fue que te hizo dejar a tu familia y a tu prometido para viajar con Xena.

Gabrielle se queda pensativa un segundo, con la mirada prendida en el infinito, luego, con Xena en el rabillo del ojo, comenta sobre su afición por los libros de viajes que devoraba desde que aprendio a leer, la miles de preguntas sobre las constelaciones que hacía a quienes quisieran contestarle en Potidea, las noticias de los juglares, los mundos maravillosos que se adivinaban más allá del camino…

– Mis padres, no me entienda usted mal, son buena gente, pero nunca comprendieron que yo quería algo más que casarme con un hombre sin ambiciones y vivir en la misma villa toda mi vida. Además, yo no lo sabía entonces, pero Xena es mi alma gemela.

Xena dirige a Gabrielle una sonrisa confiada y adopta una postura menos tensa en su asiento.

Agripina contraataca.

– No obstante, últimamente las cosas se han torcido un poco…¿Es cierto que Xena intentó matarte arrastrándote tras su caballo?

Xena se vuelve a revolver en el asiento, soltando la mano de Gabrielle, mientras ésta tose brevemente y contesta acto seguido a la presentadora.

– Xena estaba fuera de sí, me temo, con todo el asunto del asesinato de su hijo Solan por mi diabólica hija Esperanza…En parte tenía razón…- Xena alza una ceja inquisitiva en la dirección de Gabrielle- …pero arreglamos todo el asunto en Ilusia, en fin, pelillos a la mar y aquí paz y en el Olimpo, gloria- terminó la rubia amazona, restándole importancia – .

Agripina busca una cámara a la que dirigirse directamente y encuentra un pilotillo rojo enfocándola, haciéndola sentir en su elemento.

– Ahora la pregunta que está en la mente de todos los telespectadores, – la presentadora se gira para mirar a la cara a sus dos invitadas- ¿han tenido ustedes relaciones sexuales?

Gabrielle, que estaba aclarándose la garganta con un vaso de agua, casi se ahoga del susto al escuchar la pregunta, rápidamente ubicando a su amiga del alma, que, como siempre, se mueve más rápido que nadie y, antes de que Agripina se dé cuenta, se encuentra a su lado y ha colocado su característico “toque de la muerte” con sus dedos en el cuello de la presentadora.

– ¿Y a usted qué tártaro le importa?- dice Xena, mientras lanza una mirada de las que matan, literalmente además, en un tono que no dejaba lugar a dudas- ¡Vieja entrometida!.

– ¡Xena!- Gabrielle reprende a su amiga levantándose de su butaca.

En ese preciso instante el teléfono sonó y Marta se despertó sobresaltada, con una tortícolis terrible por haberse quedado dormida en el pequeño sofá del salón, con la tele encendida y el ruido de fondo de la programación de media tarde.

– ¿Diga?

– ¿Marta? Marta, soy yo, Mónica, ¿cómo va esa gripe?- preguntó desde el otro lado del hilo telefónico.

– ¡Genial! Casi he recuperado mi sentido del gusto y del olfato y mi cabeza ya es de tamaño normal. ¿Algún problema que requiera mi inestimable colaboración?

– Hmmm, ya veo que estás mejor que ayer, hoy tu voz no parece tan tomada- Mónica dijo- Mira, te llamo porque, en fin, ¿te acuerdas de la morena de la otra noche, la compañera de Alberto?- Marta asintió con un sonido gutural- Ha vuelto esta tarde para inscribirse como voluntaria, ha preguntado por ti y le he notado en la cara la desilusión al enterarse de que estabas en casa presa de la epidemia de gripe. Luego se lo ha pensado un poco y me ha dicho que si te veía que te diera su teléfono, que quería hablar contigo para que la introdujeses a la asociación…Como si aquí no hubiese más gente para “introducirla”. ¡Martita, aquí hay tomate!- .

Marta se puso colorada y empezó a atusarse el flequillo con la mano libre, con aire inocente.

– ¿Sí, de verdad?

– Yo, que te conozco, sé que no sales con extraños, especialmente si son morenos, de ojos azules, altos y peligrosos…- Mónica le estaba tomando el pelo y disfrutando con ello- ¿Quieres su número?

– Deja que encuentre lápiz y papel- contestó Marta sin pensárselo dos veces.

– Je, je…¡Claro, aquí te espero!

Marta se sentó junto al teléfono por quinta vez, con un pedacito de papel en el que había garabateado el teléfono de Patricia quemándole en la mano. Era el número de un móvil. Finalmente, se decidio.

– ¿Diga?- la voz de Patricia era firme y dulce a la vez. No había reconocido el número que salía en la pantalla digital de su teléfono móvil.

– Hola, Patricia- Marta carraspeó- Soy Marta, de Alerta Norte, ¿te acuerdas de mí?…

“¡Marta! Claro que me acuerdo de ti, tonta, que si no me acordara no me habría presentado voluntaria sólo para poder hablar contigo otra vez”, pensó la joven abogada, suspirando.

– ¡Ah, claro! ¿Te dieron mi recado?- “obviamente, anda, propónle salir a tomar un café o algo, no seas parada”– ¿Marta…hmmm…te gustaría ir conmigo a tomar un café o algo para hablar de…Alerta Norte? – “¡qué disimulado, no se te ha notado nada!”.

Marta sonrió y preguntó:

– ¿A qué hora?

– Vamos a ver- contestó Patricia, consultando su reloj de muñeca – Son las cinco y media…¿A las siete en Sol, junto a la estatua del oso y el madroño?

Marta hizo un cálculo mental del tiempo de que disponía, necesitaba al menos una hora para estar lista y quince minutos más para llegar hasta Sol. “¿Y qué me voy a poner? Arreglá pero informal, como decía Martirio…¿Chandal con tacones? ¡Ni se te ocurra!”.

– A las siete me va bien.

– Bueno, Marta, pues hasta luego.

– Hasta luego.

Y colgó.

Marta se puso de pie y echó una mirada alrededor. Recogió un poco la sala de estar, tirando en la papelera todos los kleenexs usados y colocó en el botiquín del baño los jarabes y antibióticos repartidos por toda la casa. Al cerrar la puerta del armarito, se observó a sí misma en el espejo.

– ¡Espero que sepas lo que haces!- se autosermoneó en voz alta.

Una hora y media más tarde, pagó al taxista y saltó a la acera. Había estado nevando, así que el pavimento estaba un tanto resbaladizo. Planchó con las manos enguantadas el abrigo negro, bajo el cual llevaba un traje chaqueta y pantalón gris a rayas y una camisa de satén verde botella. Oteó el horizonte en busca de Patricia. Casi como por arte de magia, la morena la divisó a su vez y caminó a su encuentro. Marta aprovechó ese instante para observar a Patricia, que vestía una falda negra, una camisa de seda negra y un abrigo de cuero negro que le cubría hasta la altura de los tobillos, enfundados en unas botas negras de caña alta. Por un momento Marta pensó que había quedado con Loquillo para tomar un café, en vez de con su joven colega.

– Hola- dijo Patricia, dándole un beso en la mejilla a la recién llegada.

– Hola- dijo Marta, que devolvio el beso y, para variar, no sabía qué más decir.

– ¿Te apetecen churros con chocolate en vez de café? Conozco un lugar aquí al lado donde los hacen de muerte.

Marta sonrió asintiendo con la cabeza y caminó junto a su nueva amiga hacia la churrería, esquivando los transeúntes que a esa hora recorrían las calles de la ciudad.

– ¿Hace mucho que me esperabas?- preguntó Marta, sintiéndose culpable por no ser capaz de entablar antes conversación – .

– No, acababa de llegar cuando te vi saliendo del taxi – Patricia sostuvo la puerta de la cafetería y esperó a que Marta pasase primero.

Después de ordenar chocolate con churros para dos, Patricia empezó a jugar con la solapa de su camisa, pensando que debía decir algo pronto, antes de que la rubia se aburriese y decidiese marcharse. En esa disyuntiva se encontraba cuando Marta empezó a charlar animadamente sobre Alerta Norte y el trabajo que hacían los voluntarios, agradeciéndole a Patricia que tuviese interés en unirse a la asociación. Patricia, por su parte, sonreía y asentía de vez en cuando con la cabeza y otras exclamaciones como “ajá”, “sí claro”, etcétera, más interesada en el continente que en el contenido del discurso. La boca de Marta era como una máquina de propaganda y publicidad, “y qué máquina tan hermosa es ésta”, pensó Patricia. “Incluso con esa gotita de chocolate en el quicio del labio superior”, suspiró, “¡quién fuese servilleta!”.

Una mujer rubia de aire escandinavo que aparentaba escasamente rondar la treintena se acercó a la mesa y palmeó el hombro de Patricia para anunciar su presencia.

– ¡Ah, Karen!- dijo Patricia – Hola, ¿Cómo estás? – .

– No tan bien acompañada como tú, me temo – contestó Karen, dirigiendo una sonrisa con cierto toque de curiosidad a Marta- Hola, me llamo Karen y soy una vieja amiga de Patty, que, tan descuidada como siempre, ha olvidado presentarnos- .

– Mucho gusto, yo me llamo Marta- dijo, aceptando el beso en la mejilla de Karen.

– ¿Qué tal te van las cosas, Patty? ¿Cómo sigue tu madre? – preguntó Karen, mirando intensamente a los ojos azules de Patricia.

– Ya sabes, como siempre- .

– Dale recuerdos de mi parte- .

– Descuida- .

– Se te echa de menos, llama cuando puedas…Ahora me tengo que ir, me esperan en la puerta. ¡Adios! Marta, encantada de conocerte- terminó Karen, dándose la vuelta para seguir su camino- .

Marta no podía evitar pensar en que el intercambio entre las dos mujeres tenía un significado más profundo del que translucía a primera vista.

– Parece simpática- comentó Marta cuando la rubia había salido del local.

– Hmmm, supongo que sí – y Patricia añadio- Vivimos juntas durante dos años- .

– ¿Compartíais piso? – inquirió Marta.

– Es una larga historia… seguro que no te apetece oírla- .

– Sólo si a ti te apetece contarla- puntualizó Marta.

Patricia se perdio momentáneamente en los ojos verdemar de su compañera de mesa, preguntándose porqué de repente le apetecía tanto hablar sobre el “asunto Karen” con Marta, cuando era un tema tabú por traerle malos recuerdos. Sin embargo, no era muy recomendable impresionarla con amores desafortunados en la primera cita.

«¿Es esto una primera cita?», pensó para sí.

– En fin, antes de empezar con tonterías semejantes, mejor te invito a cenar- sonrió Patricia.

– ¡Estupendo! La verdad es que los churros es lo único que he tomado en todo el día, esta mañana todavía no me sentía del todo repuesta, pero mi apetito ha vuelto…- añadio con ojos entre divertidos y culpables- Hay un restaurante gallego a dos manzanas de aquí que me encanta, por cierto, pero te he de avisar, soy conocida por mi buen apetito. Mi saque es mitológico.

Patricia observó sorprendida a su joven acompañante y dijo en voz alta:

– ¡Ya será menos! – .

– ¡Quedas advertida! – .

Ambas mujeres dejaron la churrería en pocos minutos, entre risas, ajenas a una figura misteriosa que las vigilaba desde la distancia, en el anonimato de la muchedumbre que pululaba por la calle. La figura sacó un teléfono móvil del bolsillo de su abrigo y habló al auricular con voz femenina.

– Sí, parece que tiene una nueva amigüita. Van a pie, voy a seguirlas, te llamo luego. Ya, ya lo sé, no se ha dado cuenta, deja de joder. Te llamo luego- y desconectó el teléfono.


El restaurante gallego estaba hasta la bandera, pero Marta se las apañó para que el dueño, que la saludó efusivamente al verla, les consiguiese una mesa en un rincón tranquilo después de sólo cinco minutos. Después de los aperitivos, el primer y segundo plato y los postres, Patricia, que no había comido la mitad que su rubia acompañante, estaba a punto de caer redonda al suelo. Todavía sentía los churros con chocolate empujando hacia el estómago, abriéndose paso con dificultad entre tanto marisco, sin duda. Lo del saque mitológico de Marta era una verdad como un templo, ella daba fe. Cómo podía conservar una figura tan impresionante era un misterio. El camarero, que se llamaba Juan Luis y era cordobés y, según Marta, contaba unos chistes de leperos de morirse, retiró los platos y trajo un caldero cobrizo conteniendo algún licor innombrable, Marta explicó la tradición a su amiga.

-Toma- le tendio una pequeña tarjeta con una inscripción en gallego- lo tienes que leer mientras yo remuevo esto un poco.

-¡Está escrito en gallego! ¡No tengo ni idea de gallego!-.

– Bueno, mujer, léelo como buenamente puedas.

-¿Se puede saber cuál es el motivo de semejante ceremonia?

– Vamos a invocar a los buenos espíritus para que nos libren de malas meigas y almas descarriadas…Creo, al menos eso es lo que me dijeron cuando pregunté la primera vez, no estoy muy segura…¡Yo tampoco sé gallego!- Marta le guiñó un ojo y, empuñando un cucharón en una mano, prendio fuego al líquido alcohólico del caldero con la otra. Patricia dio un respingo en el asiento.

– Esperemos que no haya que llamar a los bomberos…- dijo Patricia, alzando una ceja, divertida -.

– Anda, empieza a leer- Marta revolvio el licor con el cucharón, con aparente maestría.

Cuando Patricia terminó de recitar en gallego, entre hipos y risas, Marta escanció dos copas del susodicho licor y le entregó una de ellas.

– Ten cuidado, que está caliente, no te vayas a chamuscar esas preciosas pestañas que tienes – se le escapó a Marta, con una sonrisa de oreja a oreja -.

«Mariposas en el estómago, cuando me mira así tengo mariposas en el estómago y no es hambre porque no podría comer ni un calamar más», pensó Patricia, «¡y yo que ya me había convencido de que eran sólo un mito!».

– Me parece a mí que quieres emborracharme para aprovecharte de mí- dijo Patricia, con sus ojos azules clavados en los verdemar de Marta.

– ¡Uy! Voy a tener que revisar mis tácticas, estoy resultando demasiado transparente.

Patricia se sonrojó ostensiblemente y se parapetó tras su copa, tomando un trago largo y sin prisa.

Marta sopesó los pros y los contras y se lanzó al ataque, ahora que las defensas estaban bajas, intrigada por el aura misteriosa que envolvía a su nueva amiga.

– Creo que en la última hora te he contado absolutamente todo sobre mi humilde persona, incluyendo marcas de nacimiento y embarazosos segundos nombres…Espero no haberte aburrido demasiado con mis historias.

– No, nada de eso, perdóname en todo caso que nunca haya sido muy dada a hablar demasiado, es cosa de familia.

– Bueno, si se trata de un problema de origen genético, te lo paso hoy por ser la primera vez…

– Anda, me rindo, dime qué quieres saber y prometo contestar la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad – dijo Patricia, poniéndose un poco más seria de lo previsto.

– Ya que te ofreces tan jurídica…No sé, empieza por tu segundo nombre, por ejemplo- Marta le guiñó un ojo -.

– No te vas a reír, ¿verdad? – Marta asintió con la cabeza- Loreto -.

-¿Loreto?-.

– No te ibas a reír.

– No me estoy riendo, sólo sonriéndome…No te pega nada. Patricia Loreto.

– Patricia Loreto Mendoza Peinado. Es que mi padre era oficial del ejército del aire y la patrona es nuestra señora de Loreto…

– ¿Qué hace tu padre ahora? ¿Está retirado o algo así?

La sonrisa de Patricia se desvaneció como por ensalmo. Se escondio por un segundo detrás de su vaso de licor y tomó un sorbo.

– No, murió hace quince años en un atentado terrorista – dijo finalmente, en un tono carente de emoción.

– Lo…lo siento – Marta se quedó en blanco – No tenía ni idea.

– No te preocupes, no tenías porqué saberlo. Ya no me es tan difícil, hubo un tiempo cuando no podía pensar en ello sin echarme a llorar. Ahora lo tengo más controlado. Mi psicólogo decía que debía hablar de ello más a menudo para distanciarme del dolor.

– ¿Qué ocurrió?

– Un coche bomba. La policía nos dijo que fue una cuestión de segundos, él no tuvo ni tiempo de darse cuenta de lo que estaba pasando. Supongo que en cierta manera habrá que agradecerles a esos hijos de su madre que pusieran suficiente amonal para volar un edificio.

– ¿Qué edad tenías tú?

– Quince años. Estaba haciendo primero de BUP en los Jesuitas. Cuando oí la bomba estaba en mi cuarto terminando mis deberes de matemáticas, ¿te lo puedes creer? Todo lo que me preocupaba era terminar mis ecuaciones porque el cura que me daba mates me tenía entre ceja y ceja.

– Eras muy joven, ha debido ser muy duro…¿Tienes hermanos o hermanas?

– No, sólo mi madre y yo. Mi madre es buena gente, pero un tanto…peculiar. Nunca hemos tenido una relación fácil, me temo. Y cuando mi padre desapareció, ella se encerró un poco más en su mundo y yo en el mío, eso sí, siempre cumpliendo con nuestras obligaciones y en todo momento actuando como se esperaba de nosotras.

Marta intentó descargar la atmósfera de malos recuerdos, proponiendo un tema más ligero. El camarero dejó la cuenta sobre la mesa y Patricia puso discretamente su tarjeta de crédito en la bandeja.

– La relación con mi madre es tan buena que da asco- informó Marta- Cuando con quince años le dije que pensaba que me iban más las chicas que los chicos, ni se inmutó. Con su afán de ser más progre que nadie, creo que hasta se alegró de que una de sus hijas fuese lesbiana, para presumir de enrollada con sus amigotes del partido. No sé si habrás oído hablar de ella, Pilar Galán Mateo, de Izquierda Unida.

– ¿Pilar Galán Mateo? ¿La Pilar Galán Mateo que es diputada del Congreso?- inquirió Patricia sorprendida.

– Sí, esa es mi mamá. Mi padre, el pobre, no da abasto con ella. Él es profesor de Literatura Española en la Autónoma. Mi hermana Pilar tiene dos años más que yo y vive en un chalecito de la Sierra, casada con un arquitecto y con dos niños de tres años. Mi opinión personal es que lo hace a posta para llevarle la contraria a mamá. Siempre están discutiendo porque mi madre no entiende cómo, después de licenciarse en Ciencias Políticas cum laude, anda perdiendo el tiempo de ama de casa. ¡Con todo su potencial! Pili le contesta siempre que está más feliz que el cuco criando a los gemelos y que Pablo gana más que suficiente para vivir de manera confortable. Llegadas a ese punto, mi madre se bloquea y empieza a hablar del tiempo. Nunca lo superará.

Laura recogió su tarjeta de crédito y dejó algo de propina en efectivo para el camarero.

-¿Qué? ¿Nos vamos?-.

– Sí, claro. Me apetece estirar las piernas.

– No me extraña, pensé que ibas a acabar con las provisiones de un mes…

– No seas exagerada, que no ha sido tanto. Me he contenido porque invitabas tú – contestó Marta, poniendo cara compungida -.

– Je, je- se rió Patricia- Que los dioses se apiaden de nosotros si no te llegas a contener.

Al salir a la calle, Marta se erizó en un gesto involuntario, cruzándose de brazos y tratando de conservar su calor interior. Hacía frío y en algún momento había empezado a nevar otra vez. La acera y los coches aparcados estaban completamente cubiertos por una película blanca.

– ¿A dónde te apetece ir ahora?- preguntó Patricia, enfundándose de nuevo sus guantes de piel y abrochándose los botones de su abrigo.

Cuando Patricia levantó la mirada de su abrigo, la imagen ante sí le hizo temblar y no precisamente de frío. La luz de las farolas iluminaba el hermoso perfil de Marta, destacando sus ojos verdes y la blancura inocente de su piel, su media melena rubia recibiendo los envites de la nieve, que con suavidad caía al ritmo de un blues. La mano derecha de Patricia tomó vida propia para acariciar la mejilla de Marta, apartando algún copo de nieve imaginario y los labios de Marta se separaron con deseo. En el hechizo del instante, Patricia no pudo sino seguir la inercia de su boca, abierta y sedienta, hasta que se encontró con la boca de Marta, que sabía a licor y mariscos, fresa y chocolate. Su mano derecha se colocó en la nuca de Marta y la sostuvo aún más cerca, mientras su otra mano buscaba las líneas de la cintura. El encuentro duró lo que dura una batalla perdida de antemano, nunca hay tiempo suficiente para rendirse al otro bando, y aún parecía haber pasado un siglo, demasiadas bajas innecesarias. Al final, Marta se halló a sí misma abrazada a Patricia, contenta y satisfecha, recuperando el aliento mientras escuchaba el latido rítmico del corazón de Patricia. Los copos de nieve continuaban bautizándolas en la pureza blanca que lo cubría todo. El tiempo había sido congelado. Nadie se atrevía a romper el silencio.

-¡Venga, chata, dame lo que tengas o le hago dos agujeros nuevos para los pendientes a tu novia!.

La irreverente voz masculina irrumpió en escena, desgarrando el silencio con nocturnidad y alevosía. El dueño del cloquido no era otro sino un matado del tres al cuarto, flaco y escurrido, barba de tres días y pinta de no haberse lavado en un par de meses, empuñando una navaja y mirando nerviosamente en todas direcciones a la vez. Patricia gruñó, sin decir palabra, y frunció el ceño como el niño que se ve privado de su juguete favorito cuando mejor se lo está pasando. Marta se despegó del abrigo de Patricia a duras penas.

– No es mi novia- refunfuñó, molesta con el navajero – aún no.

– Hala, arréglalo ahora- dijo Patricia, ignorando la presencia del matón.

– De verdad, un beso de nada y ya se creen con derecho a título de propiedad- continuó Marta.

El flaco de la navaja no se terminaba de creer que nadie le hiciese el menor caso.

– Oiga, oiga, seamos serios, que esto es un atraco – dijo, apuntando con la navaja a Marta, que siendo la más pequeña de las dos parecía la más inofensiva- Señoritas, por favor, el parné que hay prisa, no tengo toda la noche.

– Parné, parné – repitió Marta con fastidio, haciendo ademán de abrir su bolso para sacar la cartera, mientras giraba las manos en el aire- Dinero, efectivo, líquido…que se dice también -.

El aspirante a atracador dio un paso al frente para recoger su botín de la mano de Marta, pero se vio sorprendido por un rápido movimiento. En un segundo, Marta le retorció el brazo y le hizo soltar la navaja, mientras con una patada le hizo polvo la espinilla. Marta aprovechó para asestar con su rodilla un último golpe en la mandíbula de su oponente, dejándolo fuera de combate. Doblándose de dolor, el flaco sopesó sus opciones y salió corriendo como alma que lleva el diablo. «El oficio ya no es lo que era, hasta las mosquitas muertas saben Kong Fu estos días».

-¿Qué fue eso?- preguntó Patricia, desconcertada -.

– Hmmm, sólo dos horas dos veces por semana en el gimnasio. ¿Shorinji kempo?- Patricia seguía interrogándola con la mirada- ¿Artes marciales aplicadas a la defensa personal?

– Recuérdame que no me meta contigo.

– Lo haré, descuida…¿Por dónde íbamos?

– Le estabas explicando a ese atracador tan amable que había sido «un beso de nada» – dijo Patricia, refunfuñando sin demasiado énfasis y envolviendo a la rubia en un abrazo.

– ¡Ah! Eso…Pero todo se mejora con la práctica.

El rebote sonoro de múltiples balones de baloncesto y el ruido de las suelas de plástico deslizándose por el parquet del pabellón deportivo formaban parte de la banda sonora habitual del entrenamiento.

La cancha central, que cuando se utilizaba completa podía albergar una pista de fútbol sala, había sido dividida en tres canchas más pequeñas por obra y gracia de dos enormes y pesados telones de tela gris y anodina que colgaban de unos raíles en el techo. Los potentes fluorescentes que iluminaban el lugar en las tardes de invierno eran innecesarios porque la luz de la mañana entraba a raudales por los gigantescos paneles de cristal que componían la pared sur. El paisaje verde y vivo del otro lado del vidrio contrastaba con las grandes gradas de madera de la pared norte, completamente desiertas salvo por unos cuantos deportistas que charlaban en espera del inicio de sus respectivas prácticas.

Patricia entró en el pabellón como cada sábado, sonriendo al portero y firmando en el libro de entrada. Después de dejar su carné de identidad, recibió a cambio una llave numerada para la taquilla del vestuario. La joven tenía su hermosa melena castaña recogida en una humilde cola de caballo y llevaba puesto un chandal negro y dorado. Empujó la puerta del vestuario femenino y saludó a algunas de sus compañeras de sudores, que ya estaban cambiándose a las ropas de faena.

Casi de inmediato, Yaiza, que iba vestida con una camiseta del Sandra Gran Canaria y unos licras cortos, se acercó a la morena recién llegada.

-¡Hola, guapa!- dijo con su acento isleño- ¿Qué? ¿Qué tal anoche?- le guiñó un ojo.

-¡Hala! ¿Qué fue del «buenos días, cómo estás, me alegro de verte»?-.

– Venga, no seas plasta y cuéntame -.

Patricia, nada impresionada por el hambre de cotilleo de su amiga, puso la mochila sobre un banco y se sentó para desembarazarse del chandal, dejando al descubierto sus pantalones cortos y la camiseta sin mangas que iba a usar para el entrenamiento. Guardó sus cosas en la taquilla y se levantó para bajar a la cancha.

– No pasó nada, la invité a cenar, comimos en un restaurante gallego, nos besamos, llegó un atracador, se deshizo de él y seguimos besándonos otro ratito .

– ¿Con que no pasó nada, eh? Fuerte morro que te gastas, mejor te diera vergüenza, la primera vez que sales con ella y vas y la besas, así, por las buenas…¿Cómo que un atracador?- Yaiza se quedó detrás, perpleja, parada en el medio del túnel de vestuarios mientras Patricia continuaba su camino al entrenamiento, trotando y volviendo la cabeza con un guiño cómplice y una enorme sonrisa en los labios. -¡Patricia!-.

Labios imposibles,
El pulso agitado y convulso
Es ahora
El momento preciso
Para el beso perfecto.
Sin palabras,
Sin respirar, apenas,
La esencia húmeda
Que dibuja arabescos en tu boca.
Fundida en la lucha,
Coreografiada en secreto,
Ya no me siento una.
Lo había soñado antes
Sin saberlo,
La entrega total,
El contacto,
Tu ejército, mi ejército.
Choques incandescentes,
Quiero arrancarte
Y llevarte dentro,
Ya no me siento sola.
Un armisticio declarado
Para recuperar el aliento,
Los unicornios blancos
Galopan praderas de fuego, bríndate.
Tengo el cosmos vibrando
En mi pecho,
Ya no me pertenezco.

Marta separó la pluma del papel donde había garabateado las estrofas del poema. A su alrededor, la oficina estaba vacía de vida. Los sábados no eran normalmente conocidos por su ajetreo. «Es una imagen pobre para lo que sentí anoche, pero se acerca mucho». Al pensar de nuevo en Patricia, el corazón se le quería salir del pecho. «Ay, Martita, qué mal te veo…», se lamentó para sí.

Labios imposibles,
El pulso agitado y convulso
Es ahora
El momento preciso
Para el beso perfecto.